Mientras muchas novias sugieren entre sus regalos un horno microondas para ese nuevo hogar, algunas suegras se preocupan por ellas, otras por las partículas cancerígenas que su hijo recibirá, según señalan ciertas investigaciones, y las lenguas vespertinas en el Parque de Bolívar de Cartagena.
Lo cierto es que según el Departamento Nacional de Estadística (Dane – 2007), 6 de cada 10 hogares, y 8 de cada 10 restaurantes colombianos utilizan este electrodoméstico, que revolucionó los tiempos de cocción, descongelación y calor de los alimentos en una sociedad que cada vez consume más tiempo, y que opta por alimentos precocinados y de rápida cocción.
Así, desde los años 50, el servicio de energía penetró masivamente todos los sectores de la ciudad -pues estaba focalizado a la zona histórica y centro, y en determinados horarios-, acompañado de una invasión de artefactos tecnológicos en los hogares cartageneros y los mesones donde se cocina su magia.
“Durante mi infancia en Bruselas, no había un servicio de electricidad estable. Dormíamos sin las comodidades de hoy, sin abanico, aire, a veces sin luz por los racionamientos, acompañados por un toldo grande y por la cantidad de mosquitos inquietos”, cuenta Luis Felipe Cuesta, contemporáneo a la Segunda Guerra Mundial y fiel testigo de los cambios tecnológicos que sufrió la cocina de su madre por la llegada de la electricidad y sus artefactos cómplices en 1927 -reglamentada por la Junta Administradora de Empresas Municipales.
Hoy es bastante común encontrar, en cualquier morada modesta, por lo menos un televisor, un radio, una nevera, una licuadora, una lavadora, un computador, y muchos utensilios de cocina que se han transformado con el paso del tiempo, y que se consolidaron en la ciudad, en los años 70, con almacenes como el de Jacobo Gonzalez Pereira.
La metamorfosis en la cocina de Lucy y Jovi
Luis Cuesta tiene 61 años. Al igual que Jovita Rodríguez, vivió toda su vida en un barrio central de Cartagena, Bruselas, ubicado en el sector del Bosque. Continúan sus vidas en el mismo sector.
“Cuando estaba pequeño, recuerdo que Lucy, mi madre, cocinaba en hornilla”, la hornilla era una estructura de barro o de concreto que tenía una cavidad por la que se quemaba el carbón o la leña, y una rejilla superior en la que se ponían todas las ollas y cacerolas, “que se revolvían con un palote”, o cuchara larga y consistente de madera que llegaba hasta todas las distancias de la hornilla.
Alternamente se usaba el anafe, “similar a las parrillas que se usan en los asados de hoy”, comenta Jovita. “Después de la hornilla y el anafe, llegó la estufa de Kerosene a la casa, una estufa rústica de dos puestos con un tanque de gas que se suspendía, pero era demasiado peligroso”. Posteriormente incursionó en la cocina de su madre homónima, una estufa eléctrica “y una de esas Centrales, que aún hoy se conserva funcionando perfectamente”.
Los alimentos, sus preparaciones, y el modo de comercializarse también cambiaron con la consolidación de la energía y de los artefactos a su servicio.
Jovita recuerda haber tomado, por mucho tiempo, gaseosas calientes, al clima “a pesar de que existían neveras de palo, que eran parecidas a los enfriadores horizontales que tienen muchas de las tiendas de hoy, pero con un exterior de madera, patas de palo, una cubierta interna de zinc, y un orificio que dejaba salir el agua cuando el hielo se derretía”.
Sobre el hielo, Luis recuerda que un hombre y su carretilla llevaban a las nueve de la mañana, los bloques helados por todo Bruselas “provenientes ya sea de la fábrica de hielo de los Lequerica, que quedaba a la altura de lo que hoy es el Caribe Plaza, y posteriormente de la fábrica de Hielo Imperial, que funcionaba en lo que hoy es la entrada al Mercado de Bazurto”.
Para hacer helados, dice Jovita “había unas máquinas como especies de barril de madera, con una manigueta que revolvía a su interior todos sus ingredientes”. La leche, pieza fundamental de los helados, también tenía su modo de comercialización particular. “Primero se vendía la leche en cántaros, pero luego llegó en botellas de vidrio con tapas de aluminio, que resultaba más cómoda”.
Las harinas y los cereales no se conseguían preparados tal y como los conocen las generaciones recientes. “En algunas casas, sobretodo en pueblos, había que pilar el maíz, y el arroz, hacer las masas para arepas, bollos, y todos los derivados del maíz”. Tampoco se cocinaba con condimentos procesados “Usábamos achote, ají, tomate, cebolla y comino, todas las preparaciones eran naturales y sin tanto color artificial como sucede hoy día”, cuenta ella.
¿Y cómo hacían sin la licuadora? Sencillo parece. “Nos tocaba rayar la guayaba, la zanahoria, cualquier fruta consistente para sacar sus jugos, algo parecido al procedimiento que se sigue usando para extraer la leche de coco”.
Luis y Jovita vieron en sus hogares una evolución vertiginosa de artefactos. Hoy es común encontrar en muchas familias elementos como batidoras, abre latas y cuchillos eléctricos, trituradores y procesadores de alimentos, máquinas para hacer helados, cafeteras, hasta neveras inteligentes –sí, algunas con Internet-, para bolsillos más complacientes.
Lo han encontrado todo listo
En algo se parecen los señores Cuesta y Rodríguez, aparte de descartar de su cocina el uso del horno microondas, por considerar que le altera el sabor a las comidas y que puede producir cáncer.
Y es que ambos comieron “harta pobres”, “corronchos” y galletas negritas. Se bañaron con jabón de tierra, sin champú y moldearon sus cabellos con manteca o brillantina Moroline. Ambos hicieron del cuerpo en bacinillas y en letrinas. Lavaron también sus ropas en bateas y con rayos. Asistieron alguna vez al Teatro Myriam o al Padilla. Escucharon novelas en las radiolas o en los radios Phillips. Cual vecinos se conocieron en el 68, asistiendo a la casa de Dalia en Bruselas, para ver por televisión la llegada del Papa Pablo VI a Bogotá, y de allí surgiera la primera de esas miradas que perduran hoy en su matrimonio agitado por los cambios mundiales.
La tecnología les ha ahorrado tiempo en actividades que antes suponían largas jornadas, como la cocina. Sin embargo, muchos de sus contemporáneos se atreven a afirmar que "la comida en leña siempre sabrá mejor", como asiente el paladar de Jovita.
Los dos han sido fieles testigos del paso del tiempo no sólo en la cocina, sino en todo lo que ha configurado hasta hoy sus estilos de vida y el de sus hijos. Tendrá razón el señor Cuesta al afirmar que sus hijos y sus amigos “definitivamente lo han encontrado todo listo”.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
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