miércoles, 2 de diciembre de 2009

Getsemaní y la calle de las mochilas

Primera noche. Después de un largo viaje impregnado del café de Manizales, Jermaine y Anna sólo querían descansar.

A eso de las 7 y con sus mochilas a cuestas, creyeron por un momento que estaban perdidos. El bus los había dejado en un lugar que no aparecía en sus mapas. Los rubios deambularon en medio del tráfico municipal, los baches, buen polvo, chorizo con bollo y unas cervezas Águila, que en nada se parecían a las grandes murallas que debían estar allí, a la entrada de Cartagena. Al menos eso les habría dicho aquel individuo solitario entre los cafetales.

Los suizos abandonaron la terminal de transportes con el anhelo de dormir en el hotel que les habían recomendado, en un taxi con destino a la ciudad amurallada. El conductor, que no se explicaba cómo pudo entender a los “gringos”, seguramente dio tantas vueltas, para merecer 30 dólares por una ruta que costaba menos de la mitad. ”El viaje al centro fue largo, pasamos por muchos lugares”, dijo Anna con su acento confuso, pues en su tierra se habla alemán, italiano, francés y romance.

La India Catalina recibiría a la pareja y sus dos amigos con algo que podría ser una mala o una buena noticia, dependiendo del presupuesto y del gusto. Ella les daba la bienvenida a la calle de las mochilas.

***
Después de un refrigerio local, coctel de camarón con galletas de soda, el hotel en el que deberían estar durmiendo, estaba totalmente ocupado. A todas estas, a Jermaine no le cuadraba el valor del hospedaje, y por ello sugirió con los pies hinchados el buscar otro lugar.

La muralla no los acogería esa noche. Por el Parque Fernández de Madrid se encontraron con unos australianos que les sugirieron bajarse en Getsemaní. “Nuestro presupuesto no alcanzaba. Aún nos quedaban dos meses de viaje”, comenta Stacey, que en ese instante podría tener más de lo que una colombiana de su edad gana en todo un año. Los suizos llegaban a Getsemaní y a su calle de la Media Luna, la calle de las mochilas.

***
Mochilero. Dícese del turista que viaja a pie o en “autostop” con una mochila. Getsemaní está lleno de ellos. Argentinos, ingleses, australianos, brasileros, italianos… La mitad del mundo y toda una mezcla de etnias vive en ese barrio, sobretodo en la calle de las mochilas, donde la habitación más económica cuesta 15 mil pesos.

Los suizos terminaron la noche en una habitación individual de 18 mil. Medía aproximadamente de 3 a 4 metros. Tenía una cama, en la que habrán dormido cerca de 100 viajeros en el último año. El baño era compartido y la cocina brillaba por su pulcritud ausente, lo que varía de acuerdo al hostal y al valor pagado, que puede llegar a 40 mil en temporada baja. “Cocinamos un par de veces en el hostal, comimos afuera la mayor parte del tiempo”, comentó Jermaine.

En Getsemaní hay hostales, hoteles y hospedajes de todas las categorías. Los mochileros suelen quedarse en este tipo de casas que albergan a un gran número de transeúntes por cómodos precios, y con la garantía de pasarla bueno en una calle que cuenta con los mejores bares especializados de la ciudad, de salsa, son cubano, de reggae, y ochenteros.

En la Media Luna hay variedad. Su atmósfera acogedora invita a sus huéspedes a vivir la aventura de Cartagena, a ponerse en la piel y en la situación de la mayoría de habitantes de esta ciudad, que a pesar de su riqueza y su posicionamiento turístico, no ha superado aún la creciente brecha de desigualdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario